Egotrip de una good girl – Lily Allen

Lily Allen

Cuando la británica Lily Allen llegó a la Via Funchal, los fans estaban con los nervios de punta, comiéndose las uñas, a los gritos e intentando ver de cerca a la cantante a cualquier precio. Se habían olvidado de avisarle a este bloguer que la chica de 24 años –que grabó su primer disco en 2006, todavía con un pie en el hip hop– ya era una estrella del pop de tal calibre que deja histéricos a los adolescentes y jóvenes.
El escenario del show era un enorme cartel que decía “Lily”. La cantante bailaba sus hits en escena sin la menor timidez, se divertía con los gritos de los fans, saltaba de un lado al otro y decía que ese era “el mejor show de todos los tiempos”. Como siempre, hacía el papel de chica mala que se transformó en modelo para los jóvenes y fuma, bebe, aspira y sale en los diarios sensacionalistas. Pero aunque no quiera, Lily Rose Beatrice Allen es una buena chica. Casi como una caricatura, la cantante tomaba sorbitos de cerveza y fumaba un cigarrillo electrónico. Era dulce (o casi).

El público no le prestó atención a la versión light de la estrella que abre la boca y canta “fuck you very much”, habla de drogas y maltrata a los hombres. Eléctrica sobre el escenario, Lily encantó al público con sus animadas “Everyone’s at it”, “LDN”, “Smile” y el cover de “Oh my God”, de los Kaiser Chiefs. El punto débil fue la balada “I could say”, que desentonó en el repertorio como una bailarina en un show de heavy metal.
Para mostrar que de ninguna manera se había transformado en una buena chica, la británica pidió que todos levantaran el dedo medio contra George W. Bush y cantaran a coro la pseudo-ácida “Fuck you”. Jugando para tribuna, Lily invitó al público a una fiesta country y cerró el show con la hiperactiva “Not fair”, que dejó a los fans saltando de un lado a otro sin que les importara si la muchacha del escenario era una chica de familia o una degenerada. Una estrella de pop es una estrella de pop, y nada más.

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